La primavera ya está comenzando, dicen.
Dicen también que el frio se está yendo, que el hielo está menguando.
Dicen que las hormonas y los instintos empiezan a aflorar.
Que las golondrinas vuelven, que los campos florecen, eso dicen.
Fuera está lloviendo, los barrenderos luchan contra el viento.
En mi habitación también está lloviendo, lucha mi fuerza contra el tiempo.
Se erizan los gatos, las paredes, mis pezones y algunos deseos, tiritando.
La ventana está abierta y la cama desmembrada.
Un escalofrío me recorre desde la nuca hasta la paciencia.
No espero como quien mira un reloj o teclea un escritorio.
Tampoco espero como un búho a su ratón ni como un glaciar a su deshielo.
Espero, como quien algo espera más allá de la arena y de los péndulos.
La noche está callada y el dragón duerme a mis pies, acurrucado.
Mis ojos se mecen entre la esperanza y el sueño.
Tal vez estás pensando también en la lluvia.
¿Ves cómo tiembla el suelo a cada gota que muerde el asfalto?
Ni siquiera las campanas le llevan la contraria a los truenos.
Aquí dentro la tormenta es más vibrante pero no tan templada.
Como un gran bosque sobre cuyas copas se levanta una fuerte marejada.
Ahora estarás pensando, despierto o en sueños, y yo te estaré acunando.
Besándote el cabello, entrecruzando los dedos, contando los latidos,
Acariciándote el pecho como un tigre dormido bajo la sombra de un jilguero.
Quizás no ha acabado aún el invierno, que no nos engañen.
Si, invierno. Puede que aún sea invierno.
O quizás un triste otoño demasiado eterno…
